12 febrero 2017

Resort Banyan Tree Vabbinfaru

El hotel Banyan Tree Vabbinfaru de las Maldivas es un pequeño paraíso de arena blanca, aguas turquesas y vegetación exuberante. Se alza en la isla de Vabbinfaru, que significa «arrecife alrededor», una islita redonda rodeada de aguas poco profundas y un magnífico arrecife de coral. Es un refugio de paz, vistas espectaculares y actividades interesantes. Y está a solo veinte minutos en lancha de la capital del país.



Al apearnos en el muelle nos recibió un comité de bienvenida con música maldiva. Mientras recorríamos la pasarela del muelle pudimos contemplar la isla con su arena blanca y aguas cristalinas. Todo parecía indicar que íbamos a disfrutar de una gran estancia.



En la recepción conocimos a Natalia, una chica rusa encantadora que nos asignó nuestras habitaciones mientras nos servían un té aromático y toallitas refrescantes. Luego, Natalia nos acompañó para explicarnos detalles interesantes sobre la isla. Desde la recepción parte un camino flanqueado por palmeras muy altas que conduce en pocos minutos hasta la orilla opuesta. Allí se extiende una plataforma sobre el océano cuyas vistas sirven de telón de fondo perfecto para las parejas que se prometen o se dan el «sí quiero».



También hay un centro de masajes con salas techadas al aire libre. Los masajistas son profesionales educados en Tailandia y la gama de cuidados que ofrecen es muy completa.

Cuando entramos en nuestra habitación, todo lo que vimos nos encantó. Desde la piscinita privada con jacuzzi incluido, hasta la cama enorme con dosel, el techo altísimo de la cabaña, el baño perfectamente equipado. Y unas vistas al mar tremendas. La orilla a diez pasos. La botella de vino y copas. Perfecto. Teníamos tantas ganas de empezar a disfrutar, que no sabíamos por dónde empezar.
Pero tuvimos que posponer la decisión porque teníamos una cita. Primero acudimos al muelle a ver las rayas. Un empleado del centro de actividades marinas de la isla nos contó muchos detalles interesantes sobre aquellos animales, que le seguían como perritos para recibir un trocito de atún. Las rayas son unos peces muy especiales. Son muy inteligentes, forman grupos sociales y viven unos veinte años.



Más tarde, cuando anocheció, fuimos a la playa. Nos habían preparado una cena bajo la luz de la luna y las estrellas. Al llegar, vimos una mesa exquisitamente preparada, rodeada aquí y allá de postes de los que colgaban lámparas que iluminaban lo justo para dar una intimidad muy especial. Estábamos en la arena, alejados de la zona del restaurante, y veíamos las luces de la isla titilar entre la vegetación. Más allá, el leve ronroneo del agua tranquila. Nos sirvieron una cena estupenda y delicada, preparada con esmero. Ensalada verde, sopa de tomate, media langosta y filete de atún. De postre, mouse de chocolate con helado de vainilla y sirope de arándanos. Nos sentíamos tan a gusto que podríamos habernos quedado allí horas.



Al terminar la cena, decidimos hacer un paseo. Volvimos al extremo del muelle y pasamos un buen rato contemplando los tiburones de arrecife. Nos sorprendió muchísimo descubrir que no son en absoluto peligrosos, además de que son una parte importante del ecosistema de las Maldivas. Por otro lado, Natalia nos contó detalles sobre el plancton bioluminiscente que puede verse en las Maldivas y volvimos a la habitación deseando tener la suerte de poder verlo.



Durante los días siguientes tuvimos el placer de disfrutar de las actividades que ofrece la isla. Teníamos muchas ganas de explorar el arrecife de coral y en el centro de actividades marinas nos prestaron el equipo de snorkel. Incluso uno de los empleados nos acompañó a dar una vuelta. Vimos tortugas, pulpos rojos, bancos de peces de azul eléctrico, peces payaso, tiburones y hasta anémonas de mar. El arrecife del Banyan Tree Vabbinfaru es absolutamente fantástico. Y lo mejor es que es muy accesible.



Además de snorkel, un día nos atrevimos con el paddle surf y fue muy divertido. También hicimos una visita a la isla de enfrente. A solo diez minutos en lancha está la isla del hotel Angsana Ihuru donde hicimos una actividad muy interesante consistente en plantar corales para contribuir a la regeneración de la vida vegetal acuática.

Otro día hicimos una excursión a un banco de arena. Una isla desierta en medio del océano donde tomamos un tentempié bajo un toldo, nos bañamos y paseamos. Las vistas de esta islita nos dejaron sin habla.



Y otro día salimos con un bote para hacer un poco de pesca nocturna antes de la cena. Nos dieron hilo y anzuelo, nos explicaron el sistema y sumergimos el cebo. ¡Y picaron! No solo una, sino varias veces. Fue muy relajante estar en alta mar y dedicarnos a pescar. Más tarde, en el restaurante cocinaron el pescado y nos lo sirvieron.

Y aún no he hablado del restaurante. Durante el desayuno nos gustaba pedir huevos benedictinos de entre toda la oferta. Había pastas y pastelillos, platos autóctonos, platos calientes, muchísimos tipos de fruta y zumos. Las comidas eran también excelentes y destacaría el bufet extremadamente variado que sirvieron un día al aire libre, con el puesto de helados y otras delicadezas. Y las cenas a la luz de la luna, encantadoras.



En definitiva, nos hubiéramos quedado toda la vida en el Banyan Tree Vabbinfaru. Y es que cuando te cuidan tan bien, cuesta muy poco acostumbrarse. Fue sin duda una experiencia muy recomendable.

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